Desde el MIT, compartimos este llamado del sindicato de ferroviarios en Ucrania, que está en la resistencia contra la invasión de Putin:
«Organización sindical de base del Sindicato Libre de Ferroviarios de Ucrania de los trabajadores del transporte de la ciudad de Kamianske
Calle Heroiv Riatuvalnykiv, 19, ciudad de Kamianske, óblast de Dnipropetrovsk.
Tel.: (067) 199-63-08
LLAMAMIENTO DE LA ORGANIZACIÓN SINDICAL DE BASE DEL SINDICATO LIBRE DE FERROVIARIOS DE UCRANIA DE LOS TRABAJADORES DEL TRANSPORTE DE LA CIUDAD DE KAMIANSKE
¡Compañeros!
Desde hace doce años nuestro pueblo libra una guerra tenaz contra los ocupantes rusos. Todo comenzó con nuestra Revolución de la Dignidad de 2014, cuando derrocamos al presidente prorruso Yanukóvich. Como respuesta, las tropas de Putin invadieron nuestro país, ocuparon Crimea e iniciaron las acciones militares en el Donbás. En febrero de 2022, Putin desató con nueva fuerza una guerra a gran escala contra Ucrania. Y ya llevamos cinco años viviendo y luchando bajo la ley marcial, soportando cada día los bombardeos bárbaros de nuestras ciudades y pueblos pacíficos, hospitales y maternidades, escuelas, fábricas, almacenes y estaciones.
Nuestra ciudad, Kamianske, es uno de los mayores centros metalúrgicos de Ucrania, una verdadera ciudad obrera e industrial con una población de más de 200 mil habitantes. El tranvía de Kamianske existe desde 1935 y garantiza el transporte de los trabajadores hacia las empresas de la ciudad. Nuestro sindicato forma parte de la lucha del pueblo ucraniano. Fue creado después de la Revolución de la Dignidad, en diciembre de 2016, en medio del movimiento popular contra la corrupción. Hasta 2016 en la empresa sólo existía un sindicato «amarillo», que prácticamente no luchaba por los derechos de los trabajadores. Entonces siete activistas obreros crearon un sindicato independiente, sin miembros de la administración ni de la dirección de la empresa. Durante el primer año tuvimos que luchar simplemente por nuestro derecho a existir: nos despedían, pero ganábamos los juicios. Primero éramos siete, después catorce, luego veintiocho. Poco a poco, durante el primer año, conquistamos autoridad entre los trabajadores de la empresa, y hoy casi la mitad de la plantilla pertenece a nuestro sindicato independiente y combativo: alrededor de 200 de los más de 400 trabajadores del tranvía de Kamianske. Cerca del 70% de los trabajadores de nuestra empresa son mujeres. Trabajan como conductoras y cobradoras y se ocupan de la limpieza de las vías. Entre los hombres, la mayoría son electricistas y trabajadores de vías, aunque también entre ellos hay muchas mujeres. Por supuesto, a lo largo de estos años muchos dejaron la empresa y cambiaron de trabajo, por lo que en total han pasado por las filas de nuestro sindicato hasta 400 trabajadores y trabajadoras.
Durante todos estos años hemos continuado la misma lucha contra la corrupción y los funcionarios vendidos que lleva adelante el pueblo ucraniano. Nuestras denuncias de corrupción y nuestra lucha provocaron la destitución de ocho directores de la empresa, y contra uno de ellos se abrió una causa penal. Conseguimos aumentos salariales y pagos que nos correspondían por ley, pero que nos ocultaban. Incluso durante la guerra hemos seguido luchando por esos pagos.
Después de la Revolución de la Dignidad de 2014, las autoridades ucranianas ya no podían comportarse como antes. Nuestro sindicato conquistó tanta autoridad entre los trabajadores de la ciudad que no sólo la dirección de la empresa, sino también la administración municipal y la policía se vieron obligadas a tomarnos en cuenta. La policía informaba regularmente, cada semana, ante la sociedad, incluido nuestro sindicato, sobre su trabajo: qué infracciones se habían detectado y qué medidas se habían tomado. Junto con otras organizaciones sociales participábamos en las sesiones de la administración municipal, controlábamos las acciones de las autoridades y exigíamos decisiones concretas sobre cuestiones que afectaban los intereses de los habitantes y trabajadores de la ciudad. Cuando los diputados intentaban ignorar las demandas de la sociedad o seguir actuando según las viejas costumbres, la reacción popular podía ser muy dura: a los diputados más repudiados literalmente los sacaban del edificio de la administración, los arrojaban a contenedores de basura, les echaban verde de malaquita y exigían su dimisión. Esto mostraba cuál era la correlación de fuerzas en el país y, en particular, en nuestra ciudad después de la Revolución de la Dignidad. Tanto la policía como los funcionarios comprendían que la sociedad los controlaba y les exigiría responder por sus actos.
Para nosotros fue una experiencia muy importante. Vimos que el pueblo no sólo puede votar una vez cada varios años en las elecciones, sino controlar realmente al poder desde abajo y obligarlo a tenerlo en cuenta. Es difícil saber hasta dónde podría haber llegado finalmente el desarrollo de este movimiento si no hubiera sido por la guerra. La guerra cambió muchas cosas. Una enorme cantidad de activistas y dirigentes sindicales de nuestra ciudad fueron al frente y muchos de ellos ya han muerto. Pero la experiencia de aquellos años sigue con nosotros. Y la lucha continúa. Estamos orgullosos de esa lucha y de que haya tenido éxito a pesar de todas las dificultades. Y estamos convencidos de que los logros de nuestro sindicato fueron posibles gracias al enorme ascenso del pueblo ucraniano contra la corrupción de los funcionarios y contra el orden burgués existente, que comenzó en 2013-2014 y que hasta hoy sigue determinando el destino de nuestro país.
Desde los primeros días de la invasión a gran escala de 2022, nuestro sindicato se incorporó a la lucha contra los ocupantes. Cuarenta trabajadores de nuestra empresa ingresaron en las filas de las Fuerzas Armadas de Ucrania y hoy combaten heroicamente. Entre ellos está el conductor de tranvía Denys Sliusarev, oficial de las tropas de asalto aerotransportadas y zapador, que hoy cumple las más diversas misiones de combate, desde el desminado hasta la colocación de minas en las posiciones. Otro conductor de tranvía, Dmytro Symonenko, se convirtió en soldado de asalto. El electricista de la red de contacto Roman Kozakov fue voluntario ya durante la guerra en el Donbás desde 2014 y hoy participa directamente en asaltos. En uno de los combates, junto con sus compañeros, destruyó literalmente en un minuto una dotación de artillería enemiga y su protección. Fue herido en una pierna, pero después de recuperarse volvió al servicio. El jefe de taller Stanislav Ripka sirve actualmente en las Fuerzas Armadas de Ucrania y evacúa del campo de batalla vehículos dañados. Yevhen Lymar, que trabajaba con nosotros como conductor de abastecimiento, hoy lleva municiones a la primera línea. El conductor de tranvía Serhii Cherednyk se convirtió en soldado de asalto de las Fuerzas Armadas de Ucrania y, a pesar de haber sido herido dos veces, continúa defendiendo su país de los invasores rusos.
Queremos mencionar especialmente a dos de nuestras compañeras de trabajo. Yuliia Zozulia, que trabajaba como abogada en la administración, hoy sirve en el Estado Mayor de la defensa antiaérea. Y Liudmyla Moroz, cobradora de tranvía, sirve como médica en las Fuerzas Armadas de Ucrania y salva las vidas de nuestros defensores.
Y estos son sólo algunos ejemplos. Prácticamente en cada familia de nuestros trabajadores y trabajadoras hay alguien sirviendo: maridos, hijos u otros familiares. Cuatro de nuestras trabajadoras tienen hoy en el frente tanto a sus maridos como a dos hijos cada una. Una de ellas tiene incluso a un nieto combatiendo. Por eso para nosotros ésta no es una guerra ajena. Es la guerra de cada trabajador y de cada trabajadora.
El gobierno del populista Zelensky, incluso después de varios años de guerra a gran escala, no ha sido capaz de organizar una movilización normal del ejército, de la retaguardia y de la economía. En cambio, en las calles de nuestras ciudades se realizan redadas, se lleva por la fuerza a personas al ejército y después, tras una preparación insuficiente, pueden ser enviadas a la primera línea y a los asaltos. Para nosotros esto contradice los principios democráticos por los que el pueblo ucraniano lucha desde 2014. El gobierno tampoco estaba preparado para una guerra a gran escala, a pesar de que la agresión rusa contra Ucrania y contra nuestra Revolución de la Dignidad continuaba desde 2014. Durante los primeros meses de la invasión nosotros mismos recaudábamos dinero para equipar a nuestros compañeros y familiares: chalecos antibalas, cascos, guantes, calzado y ropa adecuada para la guerra. Todo eso lo comprábamos nosotros, el pueblo sencillo, los trabajadores comunes. Hoy la situación con el equipamiento básico ha mejorado considerablemente.
Pero sigue existiendo un enorme problema con el armamento. Esta guerra se ha convertido en gran medida en una guerra de drones. Precisamente gracias a millones de vehículos aéreos no tripulados podemos contener a los ocupantes rusos en el frente. Se necesita una cantidad enorme de drones. Existen numerosas empresas que los producen tanto en Ucrania como en el extranjero. Pero esos drones hay que comprarlos. Para el gobierno y los patrones, la guerra muchas veces se convierte en otra forma de enriquecerse. Hasta ahora el gobierno no ha nacionalizado los sectores clave de la economía ni siquiera ha creado un sistema suficiente de empresas estatales para la producción masiva de drones. Por eso una enorme parte del apoyo real a las Fuerzas Armadas de Ucrania recae sobre el propio pueblo: sobre los trabajadores, los sectores populares y los voluntarios.
Nuestro sindicato es sólo uno de los numerosos ejemplos de este enorme movimiento. Reunimos poco a poco los fondos necesarios para defender nuestro país de los invasores de Putin. Por ejemplo, sólo este mes recaudamos alrededor de mil dólares para la brigada de drones «Raid». Es una brigada de vehículos no tripulados especializada en ataques de largo alcance contra objetivos militares enemigos: cuarteles generales, bases militares, empresas militares, refinerías de petróleo y depósitos. Y lo hacemos independientemente del gobierno de Zelensky, ayudando directamente a quienes combaten. En esta brigada, como en muchas otras unidades, combaten ante todo trabajadores comunes. Los ricos hace tiempo que sacaron a sus hijos al extranjero o encontraron formas de librarlos de la guerra. El peso principal de la guerra contra la ocupación recae sobre la clase trabajadora de Ucrania.
Y es una guerra brutal. Recientemente, la mayor fábrica de nuestra ciudad, el complejo metalúrgico, fue atacada por cinco misiles rusos. En la fábrica trabajaba el turno nocturno, unas 700 personas. Los misiles alcanzaron el alto horno, donde en el momento del ataque trabajaban 38 personas: ya ni siquiera será posible encontrar sus cuerpos. ¡Fue un ataque directo de los invasores rusos contra la clase trabajadora! En nuestra ciudad hay dos estaciones ferroviarias y una de ellas ha sido destruida. Rusia ataca nuestros hospitales, centros médicos y escuelas. Los niños llevan ya cinco años obligados a estudiar en línea, interrumpiendo las clases durante las alarmas aéreas. Nuestra ciudad es atacada con drones casi todas las noches y ahora los ocupantes de Putin utilizan también drones a reacción.
Ustedes saben que a los gobiernos occidentales les gusta hablar mucho de su apoyo a Ucrania, pero al mismo tiempo limitan ese apoyo. Trump manipula el suministro de misiles interceptores, mientras nuestra capital, Kyiv, y muchas otras ciudades sufren bárbaros ataques con misiles contra los cuales a Ucrania le resulta cada vez más difícil defenderse. Por eso somos ante todo nosotros mismos —la clase trabajadora y el pueblo sencillo de Ucrania— quienes llevamos adelante esta lucha, comprendiendo que el enemigo simplemente quiere destruirnos como pueblo ucraniano.
Nosotros soportamos todo el peso de la guerra. En casi todas las familias de nuestro sindicato hay movilizados, y muchos de ellos han sido heridos al menos una vez en combate. Se recuperan y vuelven al servicio. Porque no tenemos adónde retroceder. Nosotros, el pueblo ucraniano, no elegimos esta guerra. La desató la Rusia de Putin, que sueña con restaurar su imperio: la dictadura de Putin, que pretende aplastar nuestra Revolución de la Dignidad y nuestra lucha contra la corrupción, por la democracia y por la independencia nacional.
Pero también sabemos que muchos trabajadores y pueblos del mundo están de nuestro lado y apoyan nuestra resistencia. Y esta solidaridad tiene un significado real. Hoy ya no estamos en aquella situación desesperada en la que nos encontrábamos durante los primeros días de la invasión a gran escala. Ucrania ha aprendido a atacar profundamente en la retaguardia del enemigo, golpear su potencial militar y económico y, de ese modo, acercar el final de esta guerra bárbara. Estamos convencidos de que la guerra debe terminar con la victoria de Ucrania: con la victoria de nuestra Revolución de la Dignidad, con la victoria de la clase trabajadora ucraniana y del pueblo trabajador. Y esa victoria será una victoria no sólo de los trabajadores de Ucrania, sino de los trabajadores de todo el mundo.
Hoy necesitamos su apoyo más que nunca. Queremos que los trabajadores de toda América Latina sepan lo que está sucediendo hoy en Ucrania. En esencia, libramos una lucha anticolonial contra el subimperio de Putin, de la misma manera que los pueblos de su continente libraron una lucha heroica contra el colonialismo portugués y español y continúan hoy luchando contra la dominación imperialista. Y nuestra lucha, como la de ustedes, tiene todas las posibilidades de vencer.
Nosotros, los trabajadores de los diferentes países del mundo, siempre nos hemos sentido orgullosos de la tradición de solidaridad internacional. Y estamos convencidos de que ésta será una solidaridad que servirá de ejemplo para todos y de la que sus descendientes se sentirán orgullosos.
Con enorme gratitud recibiremos su apoyo, compañeros.
¡De trabajadores a trabajadores, hasta la victoria contra la opresión!
Presidente del Sindicato Romaniukha S. P.«



