Esta nota nos llega desde el Wallmapu. Por cuestión de seguridad no pondremos el nombre de los autores.
El pueblo mapuche se encuentra en un proceso histórico de lucha por su liberación nacional. Al igual que otros pueblos oprimidos del mundo, como Palestina , Wallmapu eligió la libertad ante la esclavitud. Esta decisión no es nueva: nunca se ha rendido el mapuche frente a la colonización extranjera; no lo hizo Pelentaro ante los españoles, ni Kilapang, el Lonko Mapuche en el Siglo XIX frente al Ejército chileno, no lo hizo Aburto Panguilef en la época reduccional; no se rindió el MCR (Movimiento Campesino Revolucionario) a la dictadura de Pinochet ni tampoco la Coordinadora Arauco Malleco a las falsas promesas de la democracia. Porque cuando un mapuche cae, diez se levantan, porque Kilapang vive en la porfía de su nación.
En el último lustro, los procesos de recuperación territorial vivieron una amplificación histórica: diversos hitos como la reorganización de los lof, ayllarewe y unidades territoriales evidenciaron apoyo popular, se demostró la capacidad de control productivo con estrategias económicas viables, y también de desarrollo político que originó no solo liderazgos, sino una diversificación de autoridades con diversas miradas sobre la cuestión mapuche, todas contestes en la necesidad de reivindicar lo usurpado. No hubo sembradío en Ngulumapu que no fuera iluminado por la Wunelfe ondeando en una bandera azul, porque mucha gente creyó que ahora sí era posible lograr la anhelada reconstrucción nacional. Los mapuche dieron un salto cualitativo demostrando estar preparados para esta nueva etapa, y comenzaron a exigir la salida de los grandes depredadores del territorio: los capitales extranjeros anidados en empresas forestales. Porque el mapuche no pelea por la tierra sino por territorio, y no puede crecer el renuevo entremedio del monocultivo.
Por cierto que el Estado chileno no se quedó impávido: la depredación extractivista es el sostén de la volátil economía nacional, y siempre ha resultado más fácil proteger a las grandes fortunas antes que a las grandes masas. Así que la clase gobernante, liderada por Gabriel Boric, eligió el endurecimiento de los tipos penales asociados a la mal llamada «violencia rural». Endureció las penas de los delitos de usurpación, robo de madera, y por cierto llevó a la cúspide sancionatoria cualquier agresión a personal uniformado a través de la “Ley Naín”. También optó por el fortalecimiento de la policía militarizada con mejoras en infraestructura, logística e inteligencia a través de un Estado de “Excepción” Constitucional que ya lleva 4 años de duración; finalmente, se crearon nuevas leyes para la persecución del crimen organizado y el terrorismo, adaptando los tipos penales para hacerlos compatibles a las legítimas formas organizativas propias del pueblo mapuche. No se buscó cumplir las promesas de campaña sobre la devolución del territorio, sobre dar salida a la demanda mapuche; solo se buscó acallar con cárcel las legítimas demandas.
El 22 de noviembre de 2022 hubo dos acciones de sabotaje a faenas forestales, acciones propias de un pueblo agotado ante los oídos sordos de la democracia burguesa dirigida con fusiles. Se afectaron una faena en el Fundo San Luis de Lautaro, y otra de la Forestal norteamericana Hancock en Galvarino. En un acto de represalia y sin investigación, la policía detuvo a un grupo de jóvenes que se encontraba a más de 30 kilómetros de los hechos, sin investigar si guardaban o no vinculación con los hechos. Fueron encarcelados, trasladados a cárceles muy lejanas a sus domicilios (similar a las tácticas del estado Español contra la ETA), y sometidos durante 3 años y medio a un régimen de prisión sin juicio. Sólo fueron trasladados más cerca de sus hogares luego de una huelga de hambre, poniendo en juego su vida ante los oídos sordos de las instituciones.
Producto de las acusaciones presentadas tanto por el Estado de Chile como por el Gobierno de Gabriel Boric – hoy sin modificaciones por Kast – ni por Forestal Hancock, los acusados arriesgan condenas que van entre 50 y 80 años de cárcel. Las altas sanciones aplicadas son preocupantes, y evidencian una persecución política a través de la herramienta penal. En enero del presente año, otros comuneros fueron condenados a penas de 15 a 17 años de cárcel por hechos similares ocurridos en la localidad de Quilleco; en paralelo, en mayo del presente año un grupo de carabineros resultó absuelto de todos los cargos por el homicidio de Aníbal Villarroel, un joven que solo observaba a otros manifestarse en el contexto del estallido social. Esta absolución no se produjo por falta de pruebas, sino porque la Ley Naín otorga a la policía la presunción de inocencia como regla general. La regla general es la impunidad. Volviendo a Wallmapu, van pasando los años y la ejecución de Toño Marchant a manos de personal policial, la desaparición de Julia Chuñil en Máfil, los lanzamientos de gas lacrimógeno a escuelas básicas rurales siguen sin justicia. Paradigmático es el “Caso Huracán”; desde el año 2017 fue sometido a proceso penal un grupo policial entre los que había altos mandos, quienes efectuaron uno de los montajes más burdos en contra de conocidos dirigentes mapuche con el fin de encarcelarles sin pruebas. Tras años de un proceso kafkiano, la gran mayoría resultó condenado por actos de falsificación de documentos, y sólo 1 policía y un civil deberán cumplir penas de cárcel. Demás está señalar que el Estado condenó a las víctimas a pagar los costos del juicio pese a haber resultado vencedores. Wallmapu limita al norte con la injusticia.
Volviendo al juicio que convoca este artículo, entre los detenidos se encuentra Pelentaro Llaitul, hijo del werken de la Coordinadora Arauco Malleco, Héctor Llaitul; su detención opera como una venganza del poder contra él, pero también contra su familia, contra su lof y contra su pueblo, por intentar exigir lo que en derecho les corresponde. Aun así, la dignidad persiste, y hoy enfrentan la cárcel con la frente en alto, resistiendo como lo han hecho siempre.
Actualmente, el juicio está ad-portas de su término. Coincidentemente, podría cerrar el 24 o 25 de junio, época de We Txipantu o Año Nuevo Mapuche. Sin duda un nuevo ciclo comenzará; esperamos, con dolor, pero sin miedo, que sea de esperanza y de libertad.
¡Viva la lucha del Pueblo Mapuche!



